Cuando el reloj atrasa cien años y la salud paga la cuenta, mientras en Europa la tendencia apunta a la reducción de horas para mejorar la calidad de vida, en Argentina resurgen debates que remiten a condiciones del siglo XIX. Un investigador del CONICET analiza los riesgos físicos, mentales y sociales de extender la jornada de trabajo, la falacia de la "flexibilidad" como creadora de empleo y la necesidad de recuperar los vínculos humanos ante la digitalización.
Por Magalí de Diego (Agencia CTyS-UNLaM) - En una era marcada por la inteligencia artificial y la hiperconectividad, paradójicamente, las discusiones sobre el mundo del trabajo parecen viajar en una máquina del tiempo hacia el pasado. La idea de extender la jornada laboral o flexibilizar sus límites no solo desafía las tendencias globales de bienestar, sino que reabre heridas que se creían cicatrizadas por la historia de los derechos sociales.
Para Juan Montes Cató, investigador del CONICET en el Centro de Estudios e Investigaciones Laborales y especialista en sociología del trabajo, la discusión que se intenta instalar en la agenda pública ignora la evidencia científica y los avances internacionales. “El debate de la extensión de la jornada de trabajo atrasa cien años”, sentenció el experto, en diálogo con la Agencia CTyS-UNLaM.
“En otros países, como por ejemplo en gran parte de Europa, más que hablar de extensión se está hablando de reducción de jornada. España sancionó una norma en ese sentido”, explica Montes Cató. Para el especialista, la propuesta local va a contramano de los horizontes de bienestar donde se discute el uso del tiempo no solo para la producción, sino para la formación y la revinculación social.
El investigador advierte que este tipo de iniciativas remite a fines del siglo XIX, una época donde la ausencia de derechos laborales permitía a los empleadores disponer arbitrariamente de la fuerza de trabajo. “Hay una coherencia estructural en el planteo de este Gobierno -analiza-, porque instalan la idea de que Argentina era una potencia en momentos donde, en realidad, existían sociedades muy desiguales y las empresas hacían un uso indiscriminado de las condiciones de trabajo”.
Viejas recetas, mismos resultados
Uno de los argumentos centrales para justificar la flexibilización horaria es la promesa de generar más empleo. Sin embargo, la historia reciente desmiente esta premisa. Montes Cató recuerda la década de 1990, cuando narrativas similares sobre la "modernización" de las relaciones laborales derivaron en mayor precariedad sin resolver el desempleo.
“La evidencia científica ha demostrado que esa mayor flexibilidad, tanto para incorporar como para despedir fuerza de trabajo, no impacta en una mejora del empleo”, subraya el investigador del CONICET.
Según detalla el especialista, lo que se busca es reducir el llamado "costo laboral" y aumentar la arbitrariedad de la empresa sobre la vida del empleado. “Si se tiene una jornada reglamentada de ocho horas y se trabaja la novena o la décima, hay una compensación llamada horas extras. Con estos nuevos modelos, la empresa evita pagarlas, cambiando salud y salario por ninguna compensación”, enfatiza.
Foto: Investigador Montes Cató.